EL ANCIANO CIEGO QUE ME AYUDÓ A EMPRENDER Una historia sobre miedo, propósito y acción Primera parte El encuentro Era un viernes de otoño. La mañana había sido larga, de esas que parecen no terminar nunca. En mi escritorio se acumulaban planillas, informes, correos pendientes y una sensación extraña de incomodidad. No era exactamente cansancio. Tampoco era tristeza. Era más bien esa inquietud silenciosa que aparece cuando uno siente que está cumpliendo con todo, menos consigo mismo. Trabajaba en una empresa prestigiosa. Tenía un cargo respetable, un sueldo razonable y una rutina que, vista desde fuera, podía parecer segura. Sin embargo, cada lunes me costaba empezar. Cada viernes, en cambio, sentía un pequeño alivio, como si durante dos días pudiera recuperar algo de libertad. Ese viernes, en horario de colación, decidí salir a caminar. No tenía hambre. Necesitaba aire. Avancé sin rumbo claro hasta llegar a la Plaza de Armas. Había artesanos, vendedores, oficinist...
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